A pesar de amarla lo suficiente como para volver, los errores que había cometido durante el período de guerra permanecerían por siempre en su memoria, él sólo esperaba que ella pudiera ser capaz de perdonarlo, mas su corazón no guardaba muchas esperanzas de aquello.
Y allí se encontraba él, parado frente a la misma puerta, de la misma casa de madera que había visitado miles de veces en otras oportunidades, sus manos temblaban al acercarse a la puerta, él nunca había sido una persona nerviosa, pero imaginar verla nuevamente hacia a su corazón latir de forma apresurada, sudar sus manos y todos esos signos de nerviosismo de los que tantas veces se había burlado en el pasado.
Tomo un respiro profundo e inspiro el valor del general de guerra en el cual se había convertido y golpeo la puerta de aquella casa.
En un instante apareció frente a él, una señora de pelo castaño y de unos brillantes e intrépidos ojos negros, al mirar a quien estaba tocando su puerta la sonrisa en su rostro fue evidente, más no dijo nada, simplemente señalo en dirección a la playa, él le sonrió en forma de agradecimiento y se encamino al mismo lugar en el que le había dado la amarga noticia un año atrás, al mismo lugar en el que ella le había rogado hasta las lágrimas, su corazón se encogió de pena al recordar el rostro de ella empapado de lágrimas que por más que él quisiera detener, no podía, porque él era el culpable de aquellas gotas de agua salada, él y la maldita guerra por la cual había tenido que abandonarla, volvió a suspirar, quizás el décimo quinto del día, él no lo sabía, a él no le interesaba, sólo necesitaba verla y abrazarla y saber que a pesar de todo ella estaba ahí con él, quizás lo que estaba a punto de hacer era lo más egoísta que haría en su vida, apresuro el paso, con aquel pensamiento en la mente, y corrió por ese camino tan conocido para él, al llegar frente a la orilla, como otras tantas veces en las batallas, su vista recorrió de manera inmediata todo el perímetro de aquel desierto lugar.
Jadeó con sorpresa al verla solo a unos metros alejada de él, infinitamente más hermosa que antes.
Sus pies, sin su consentimiento, empezaron a correr hacia ella, él moría de ganas de abrazarla y volver a sentirse vivo, porque si, él se sentía como un muerto en vida.
Llego frente a ella y reconoció, nuevamente, aquellas gotas de agua salada de las que, sabia, él era el culpable y se maldijo como otras tantas miles de veces, por hacerla llorar.
Sin dudarlo un segundo más estiro su mano y en el instante en el que sus dedos tocaron la mejilla cálida y mojada de la chica, supo que ese era su lugar y que no dejaría que nadie la separara de su lado otra vez, ni siquiera él mismo, ni los errores del pasado, él sabia que muchos de estos harían que ella lo odiara de forma permanente.
No, se aseguró, él no permitiría que eso pasara, a pesar de que él siempre llevaría ese peso consigo, no dejaría que ella supiera la verdad, él inventaría un mundo de mentiras si era necesario para que ella no se moviera de su lado.
Definitivamente si, se dijo a sí mismo, es el acto más egoísta que he hecho en la vida.
Lo que él no sabía era que ni la batalla más dura en el campo de batalla lo había dejado preparado para lo que estaba por venir.
Sus pies, sin su consentimiento, empezaron a correr hacia ella, él moría de ganas de abrazarla y volver a sentirse vivo, porque si, él se sentía como un muerto en vida.
Llego frente a ella y reconoció, nuevamente, aquellas gotas de agua salada de las que, sabia, él era el culpable y se maldijo como otras tantas miles de veces, por hacerla llorar.
Sin dudarlo un segundo más estiro su mano y en el instante en el que sus dedos tocaron la mejilla cálida y mojada de la chica, supo que ese era su lugar y que no dejaría que nadie la separara de su lado otra vez, ni siquiera él mismo, ni los errores del pasado, él sabia que muchos de estos harían que ella lo odiara de forma permanente.
No, se aseguró, él no permitiría que eso pasara, a pesar de que él siempre llevaría ese peso consigo, no dejaría que ella supiera la verdad, él inventaría un mundo de mentiras si era necesario para que ella no se moviera de su lado.
Definitivamente si, se dijo a sí mismo, es el acto más egoísta que he hecho en la vida.
Lo que él no sabía era que ni la batalla más dura en el campo de batalla lo había dejado preparado para lo que estaba por venir.